Travesía Boyacá Día 6. Soracá – Pesca

Soracá, Boyacá— A las cinco y treinta de la mañana una parte de Boyacá comenzaba a salir de un tranquilo sueño. En alguna casa de familia, el café aclaraba en la olleta de fondo arrugado y manchas de tizne, estaba tapada con un plato pequeño de porcelana al que le faltaba parte de su canto, debido a algún golpe, o quizá, a un par de ellos. Mientras el esposo se introducía en sus botas de caña larga, (de esas de caucho negro y suela de goma amarilla), la esposa servía la mesa. Todos se alistaban para recoger la cosecha.

A esa hora, la mañana tenía un aspecto soso y amañado, la bruma no se había levantado y seguía deambulando por las calles como un espectro nocturno. Perdido. Sin origen ni tiempo.

Travesía Boyacá Día 6. Soracá - Pesca

La bruma dejando a Soracá Boyacá.

Me asomé a la ventana y pude ver que el día no nos quería afuera, una luz viscosa y mortecina chorreaba por las lamparas que colgaban de los postes, mezclándose con el denso frío de la capa superior de aquella imagen. En todo el pueblo los gallos cantaban las últimas melodías matutinas, respondiendo uno a otro, cada vez con lapsos más largos hasta que poco a poco se oyera el último y definitivo de esa mañana.

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El día no nos quería afuera.

El sol tardó un poco más en salir ese día. Sin embargo, no dejamos que el frío nos agobiara e iniciamos un nuevo recorrido.

Esta vez, sabíamos que había un reto más adelante; en la planeación de la ruta, decidimos pasar por Toca y desviar hacia Pesca, a través de 23 kilómetros de carretera destapada y cruzando por un páramo que se levanta a 3500mts de altura. Con esto buscamos acortar camino, pues el destino escogido para pasar año nuevo era la Laguna de Tota.

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Los tapetes verde y ocre en Soracá Boyacá

La mañana aclaró lentamente, descubriendo en el suelo, frente a la entrada de algunas casas, un tapete de color verde intenso extendido de un lado a otro. Algunos parches ocres se mezclaban con el paisaje, dibujando un cuadro de otoño en pleno verano tropical. El paisaje estaba cortado por caminos que serpenteaban, subiendo y bajando las colinas, como serpientes que se deslizan sobre su escamosa barriga.

Los vecinos curiosos saludaban alzando una mano, pero a nuestro paso tardaban en bajarla, como si el tiempo se detuviera ante sus ojos, luego sonreían y retomaban el camino.

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Una antigua casa soporta el paso del tiempo.

Una antigua casa se sostenía sobre columnas de madera y gruesos muros de adobe, el paso del tiempo caía sobre ella como un pesado yunque que destruía la capa externa más frágil. No obstante, en algunas partes del camino nos daba la impresión que, para el pueblo el tiempo pasaba más lento y que la gente no percibía que las cosas habían cambiado o sencillamente no querían aceptarlo así y así prevalecían. Esa vista alimentaba nuestro espíritu de añoranza y cada imagen se repetía como una hermosa letanía en nuestra mente, no queriendo olvidar lo que atrás habíamos dejado.

La cosecha del día.

Para muchos del pueblo era un día especial: era día de cosecha. Los verdes prados se vistieron de ocre. Los bultos se levantaban llenos hasta el borde y los campesinos descansaban sentados en la tierra, pues el trabajo estaba hecho. Dos niños jugaban con un carro grande de juguete, uno empujaba al otro riendo y a veces discutían sobre quien tenia el derecho de conducir y quien debía empujar. Ajenos al trabajo adulto, se escaparon del labrado y nos mostraron su inocencia. Saludaron y luego se ocuparon de sus asuntos que a esa altura del juego se hacían más importantes.

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Dos niños nos muestran su inocencia.

Ya en Toca salimos del asfalto y desviamos por un camino destapado con mucho polvo y roca suelta. Tan pronto como desviamos por el camino, rumbo a Pesca, nos encontramos con una pendiente que lanzó una amenaza directa a nuestras fuerzas. Haciendo caso omiso a su advertencia seguimos y encontramos a unos paisanos que iban a hacer sus diligencias. Preguntamos qué tan lejos estábamos de Pesca, según su respuesta no había mas de dos horas de camino, por lo que decidimos continuar sin tomar el almuerzo y llegar más temprano a nuestro destino.

La pesadilla.

Nuestra pesadilla comenzó, aún sin saberlo, cuando no entramos al pueblo a recargar energías. A los cinco kilómetros ya habíamos ascendido tanto como para ver al occidente, el Embalse de Copa.

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El camino a nuestra espalda.

El viento se hizo más fuerte y el terreno se desmoronaba como una galleta entre las manos. No pudimos dar más de tres pedaleadas seguidas sin caernos y entre más subimos más nos alejamos de la tierra habitada.

Pasamos, en pocos kilómetros de recorrido, de cultivos y pozos de agua a un páramo cubierto de arbustos y frailejones. Pero ya sabíamos que el recorrido implicaba cruzar por un páramo; lo que no sabíamos era que el viento sería tan violento que literalmente nos empujaba montaña abajo.

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Ni Andre ni yo podíamos pedalear por el viento y el terreno.

El sol se ocultaba a cada paso, más rápido de lo que tardo en salir esa mañana. Las nubes de plomo caían pesadamente sobre la montaña. El frío empujado por el viento nos cortó la garganta y la cima de la montaña no se mostraba tras las curvas del camino. Seguimos ya angustiados por que incluso el tránsito de vehículos había mermado y las horas que recorrimos empujando nuestras pesadas bicicletas nos dejaron sin fuerza en los brazos. No pudimos más…

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Un momento para tomar decisiones.

Nos hicimos a la orilla del camino y discutimos el paso a seguir. Habían dos opciones: una era buscar un buen sitio para acampar y pasar la noche cubiertos del fuerte viento que cada minuto se hacía más agresivo; la otra era esperar un bus que nos bajara al pueblo lo más pronto posible. La mejor opción siempre fue acampar y nos inclinamos por esta, al fin y al cabo teníamos todo nuestro equipo necesario. Entonces vimos nuestras botellas: Vacías! No había una gota de agua, no teníamos como preparar la cena, que para ese momento se había convertido en la prioridad pues el dolor más persistente era el dolor del hambre.

El hambre se convirtió en rabia y el cansancio en frustración.

Discutimos diez minutos más y nos preocupamos cuando el calculo de las horas en que no pasaba un vehículo por ese lugar se incrementó. No había otra opción, debíamos seguir.

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Continuamos subiendo.

Pasados unos minutos y luego de varias curvas en el camino encontramos una torre de energía, recordamos que alguien nos dijo horas atrás que esa era la parte más alta del camino y que se hacía más fácil hasta comenzar a bajar rumbo a Pesca. El alivio llegó cuando comenzamos a ver que la pendiente se inclinó a nuestro favor.

Pero el descenso no sería santo de nuestra devoción y aunque suene mezquino y cobarde, así como era el terreno de subida lo debía ser de bajada. Sólo fue llegar a la verdadera cima para darnos cuenta de esto. Ahora no empujamos las bicicletas para subir la montaña, sino que las halamos para que no se fueran abajo arrastradas por la gravedad.

La noche cayó sobre nosotros como el agua de una cascada. Paso a paso, esta vez a un ritmo más rápido, fuimos cortando camino. Las lagrimas se secaron. Las angustias de la tarde pasaron a ser recuerdos, bromas y risas. El manto oscuro de la noche nos cubrió con una cierta especie de coraje y vehemencia, sería algo digno de contar y sobre todo algo para recordar.

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La noche en completa oscuridad.

Divagamos en discusiones sobre cual debía ser el tamaño apropiado del plato para la cena y de qué sería la sopa de entrada; ¿de cuchuco? ¿de cebada? si hubiera sancocho a lo mejor me inclinaba por él. Llenamos así los últimos metros de camino, hasta ver allá abajo unos puntos de colores que alumbraban señalando el camino, señalando el lugar.

Agradecidos entramos al pueblo y lo demás son sólo palabras. Una imagen puede resumir nuestro sentimiento allá en ese esquivo pueblo tan diferente de los demás.

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Una imagen lo resume todo.

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Diario de Un Viaje en Bicicleta El espíritu aventurero y el amor por la bicicleta, sentimientos en común que han impulsado el deseo de conocer el mundo pedaleando.
  • Patricia suarez

    Un viaje que invita a realizarlo y tener ese contacto con nuestras ciudades y sus hermosos paisajes.

  • Rafael

    Llevan demasiadas cosas, esas ollas gigantes colgadas de la bici podrían ser una sola, esas cobijas o sleepings son muy grandes, yo he hecho varios viajes con alforjas y la experiencia me ha enseñado a que menos es más y lo mejor es ir liviano y feliz. Éxitos!

    • Rafael, muchas gracias por tu comentario. Estamos de acuerdo contigo; lo mejor es ir liviano y feliz. Pero puedes creerme que agradecimos haber llevado las cobijas, ollas y sliping, nunca nos sobraron ni fueron de más. Lo que si nos sobró fue ropa de cambio. Pero como tu dices, la experiencia nos enseña. Gracias nuevamente!